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Viaja con el Tío Omi

Carnet de voyage

05/05/2021

Omar Castillo Santiago

El 7 de abril de 2021 falleció mi Abuelita Carmen, siendo hasta el momento la experiencia más dolorosa de mi vida.

Tenía un viaje planeado para ir de Francia a México el 19 de abril de 2021, todos mis documentos estaban listos: pasaporte renovado, titre de séjour vigente, atestaciones hechas, incluso había traducido el certificado médico de mi abuelita, mi acta de nacimiento y el acta de nacimiento de mi mamá para demostrar el parentesco entre nosotros.

El jueves 8 de abril a las 8 am más o menos, mientras preparaba el desayuno recibí un mensaje de mi madre que nos decía a mi hermana y a mí: “tengo una noticia que darles y los abrazo con todo el corazón”, o algo por el estilo, todavía no he tenido la fuerza de leer de nuevo ese mensaje. Pero ya los dos sabíamos cuál era la noticia que iba a decirnos.

Para entender por qué este momento ha sido el más doloroso de mi vida hay que regresar treinta y un años atrás, al momento de mi nacimiento, o incluso antes. Mi abuelita Carmen fue la mujer que nos crio a mi hermana y a mí. Mi mamá fue madre soltera y trabajaba doble turno, tenía un trabajo por la mañana y otro por la noche.

Durante muchos años quedamos al cuidado de mi abuelita cuando mi mamá se iba a trabajar. En ese entonces vivíamos en un departamento pequeño de la ciudad de Puebla, en México. Mi abuelita tenía su casa a treinta minutos en auto de ese departamento. El ritual diario durante muchos años fue el siguiente: Nos levantábamos en la mañana y mi mamá nos llevaba a la escuela, cerca del departamento. Por la tarde pasaba a recogernos después de la escuela y nos llevaba a casa de mi abuelita, para poder ir a su segundo trabajo. Finalmente nos recogía en casa de mi abuelita en la noche para ir juntos al departamento a dormir y repetir el ritual al día siguiente.

Mi abuelita fue la persona que nos crio a mi hermana y a mí, que nos cuidó desde que éramos bebés, que nos alimentó, que nos curó y con quien vivimos hasta que nos mudamos a Francia los dos. Fue la persona más importante en mi vida y a quien más amo.

Cuando mi madre nos dio la noticia de su fallecimiento sólo pude soltar un gemido. Mi novia estaba en la sala y lo único que preguntó fue: “ça va ?” A lo que yo respondí “No” Cuando llegó a la cocina me preguntó “ça va pas ?” “Non, ma grand-mère est décédée…” Ella me acompañó a la sala a sentarme en el sillón y lo único que pude hacer fue quedarme viendo la conversación de WhatsApp en el celular sin saber qué hacer, qué decir o qué responder.

Mi novia me sacudió y me dijo “Appelle-les”. En ese momento llamé a mi mamá y me dio la noticia por teléfono. Mi corazón estaba destrozado. Momentos más tarde cuando llamé a mi hermana ella sólo gemía en el teléfono gritando “¡No! ¡Quiero que me despierten! ¡Despiértenme de esta pesadilla!”

Mi abuelita tenía 94 años y su estado de salud se había degradado drásticamente en el último año. Ni mi hermana ni yo conocíamos las causas, nos preguntábamos si era propio de la edad, porque ya estaba viejita, si era toda la situación del COVID que estaba sucediendo en ese momento, o si era porque sus dos nietos estaban lejos de ella y había caído en depresión.

Durante todo el tiempo que vivimos con ella nunca la dejamos sola al mismo tiempo. Cuando yo estaba de viaje mi hermana estaba en la casa y cuando ella partía de viaje yo me quedaba en casa con ella para cuidarla. Pero esta vez sus dos nietos estaban fuera, lejos, en otro país, en otro continente.

Sentíamos que su muerte estaba cerca pero no podíamos intuir que pasara tan pronto, tan súbitamente. Ambos habíamos planeado nuestro viaje para ir a verla, yo llegaba el 19 de abril y mi hermana el 11, el sábado. Mi abuelita murió el miércoles, apenas tres días antes de que llegara mi hermana. Lo único que pude pensar en ese momento fue: “Mary llegaba el sábado…”

Ese jueves a las ocho de la mañana mi miedo más terrible se hacía realidad: mi abuelita había fallecido mientras que yo estaba lejos, de viaje en otro país. Fue lo más horrible que me pudo haber pasado porque no tuve la oportunidad de despedirme de ella por última vez.

A partir de ese momento comenzaría un viaje. Un viaje externo, pues moví cielo, mar y tierra, con la ayuda invaluable de mi novia Jessica, para poder atravesar el atlántico y poder estar con mi familia. Pero también comenzó un viaje interno, un viaje lleno de dolor, de amargura, de sanación, de entendimiento y de una montaña rusa de emociones que hasta el momento no dejan de surgir en mi interior.

Mi viaje me ayudó para hacer mi duelo, para hacer las paces, para saber lo mucho que he aprendido a lo largo del tiempo, pero también para darme una gran lección de vida que comparto en estas líneas. Y si bien esa lección todavía no se acaba, quiero agradecer a la vida por darme la oportunidad de aprender de ella.

He aquí mi carnet de viaje a lo más profundo de mí mismo, para decirle adiós a la persona que más amé en este mundo y que seguiré amando hasta el final de mis días: te amo abuelita.

8 de abril: No quiero ir para un funeral

Se lo dije a Jessica cuando le hablé en enero sobre mis planes de ir a México lo antes posible, ya fuera en febrero o en abril, cuando tuviera vacaciones. Se lo dije también a Mary por teléfono cuando hablamos sobre la salud de abuelita: “No quiero ir a México para un funeral.” Ese fue mi deseo y la vida me lo concedió.

Quería ir a México para ver a mi abuelita en vida, para poder darle un abrazo y despedirme de ella antes de que falleciera, pero murió cuando yo estaba lejos y el miedo más terrible de mi vida se hizo realidad. Ese día Jessica, mi novia, me acompañó al aeropuerto para ver si era posible cambiar mi boleto de avión y adelantar la fecha de partida.

En Airfrance me dijeron que cambiar el boleto salía demasiado caro, me costaba alrededor de 550€ y sólo podía adelantarlo unos tres días. Que lo más que podían hacer era darme un vale no reembolsable por el valor del vuelo.

De regreso en casa consulté las cosas con mi hermana para tomar una decisión y ella me había dicho que había conseguido un vuelo muy barato de Ginebra con escala en Madrid. Me puse a buscar opciones de vuelos y encontré uno en Iberia con escala en Madrid, pero sólo con equipaje de mano. El costo del vuelo era de alrededor de 850€, el equivalente a 21 mil pesos mexicanos. En fin, mucho dinero. Pero podía adelantar mi viaje una semana y quedarme una semana más en México.

Llamé a mi madre para preguntarle si valía la pena comprar otro vuelo y perder el dinero del anterior, puesto que recibiría únicamente un vale. Ella me dijo una frase que me ayudó a reflexionar: “Si dividimos los 21 mil pesos entre siete días, sale a tres mil pesos por día. Tres mil pesos no es muy caro por poder ver a tu familia.”

Esa misma noche compré el vuelo y al día siguiente me dirigí al aeropuerto para poder pedir el vale que me habían ofrecido. Cuando llegué al aeropuerto me dijeron que no era un boleto reembolsable, que lo había comprado con la agencia de viaje Lastminute y que era la agencia de viajes que debía reembolsarme, no la aerolínea.

Sin embargo no había podido contactar con la compañía Lastminute por ningún medio, ni teléfono, ni en redes sociales y desde mi cuenta no podía hacer ninguna modificación a mi boleto de avión. La persona que me atendió en Airfrance escribió una nota en mi expediente diciendo que la aerolínea pedía que se me reembolsara el dinero mediante un vale.

El hombre se portó muy amable, encontró un número de Lastminute en Inglaterra al que llamamos juntos. La señorita de Lastminute me dijo que no era posible reembolsarme el vuelo puesto que era la aerolínea la que debía generarlo. En ese momento el personal de Airfrance tomó la llama y le indicó: “Soy de la aerolínea y puse una nota en el expediente en la que autorizamos el reembolso.”

Gracias a él fue que Lastminute accedió a darme un vale por el boleto de avión perdido, no sin quitarme 100€ de comisión por el servicio, pero por los cuales ya no tengo la intención de pelear.

Esa noche llamé a mi madre para decirle que había conseguido comprar mi boleto de avión para poder ir a México una semana antes y llegar el lunes siguiente. Ella me respondió que ellas estaban de regreso del crematorio con las cenizas de mi abuelita. No puedo siquiera describir el shock que me produjo dicha noticia.

Había dicho que no quería ir a México para un funeral, y dicho y hecho, no iba a ir a México para un funeral. No hubo velorio, no hubo entierro, es más cuando llegara a México no habría nada de qué despedirme, sólo las cenizas de mi abuelita en una caja.

Ya lo dice el dicho: “ten cuidado con lo que deseas porque puede volverse realidad.”

11 de abril, llegada a México

El domingo 11 de abril tomé mi vuelo a México, había preparado todo un día antes, había impreso mis papeles y había traducido el certificado de defunción de mi abuelita. Pasé todo el domingo en casa con mi novia para aprovechar de su presencia antes de irme. Esa noche Jessica me llevó al aeropuerto y tomé mi avión en dirección hacia Madrid, donde tendría mi conexión para México.

Cuando preparé mi viaje pregunté en un grupo de Facebook de Mexicanos en París qué requisitos pedían para viajar, debido a que las fronteras de Francia estaban cerradas por COVID y se necesitaba un motivo imperioso para poder viajar. Las respuestas fueron muy variadas, desde quienes decían que no les pedían nada hasta aquellos a quienes no dejaron subir al avión o que les quitaron su titre de séjour para poder viajar.

Para poder dar una respuesta clara a las preguntas que yo mismo me había formulado y ayudar a futuros viajeros, decidí grabar videos durante mi viaje, explicando lo que me pidieron y los controles que tuve que pasar, para subirlos a mi canal de YouTube.

Para la ida a México, como no llevaba maleta y había hecho mi check-in por internet, no pasé al mostrador de iberia en el aeropuerto, sino que me dirigí directamente a puerta de embarque para pasar controles de seguridad.

En el momento de abordar el avión, la señorita de Iberia me preguntó si había pasado por el check-in, yo le dije que sí, pero como no llevaba tarjeta de embarque impresa me dijo que debí haber pasado a mostrador primero. Ella me revisó mis documentos, el test PCR negativo, mi titre de séjour francés, me preguntó cuál era mi destino final y el motivo de mi viaje.

Entregué el certificado de defunción de mi abuelita, ella me dijo que en él no figuraba mi nombre, entonces le mostré mi acta de nacimiento, donde aparecía el nombre de mi mamá, y el acta de nacimiento de mi mamá, donde aparecía el nombre de mi abuelita. También me pidió un código QR que debía generar en línea respondiendo a un cuestionario.

Yo no tenía idea de que se debía de llenar eso, en toda la documentación que leí nunca lo mencionaban. Llené el cuestionario en línea en esos momentos para generar mi código QR y gracias a eso me dejaron subir al avión. Cuando pasé migración en Madrid sólo me pidieron mi pasaporte y mi test PCR negativo.

En cada etapa del viaje grababa un nuevo video y lo subía a YouTube para compartir mi experiencia con otros viajeros, esperando que pudiera serles útil. Recibí muchos comentarios de amigos míos dándome el pésame por la muerte de mi abuelita. Me da gusto que hayan sabido leer entre líneas y conocer el verdadero motivo de mi viaje.

Cuando supe la noticia no quise avisarle a nadie, sentí que la lista de personas que conocieron a mi abuelita era infinitamente larga y que no tendría la fuerza de hablar con todas ellas. Todos la querían y todos la amaban. En otro momento y bajo otras circunstancias las cosas hubieran sido muy diferentes.

Mi viaje lo pasé como en stand by, como suspendido en una burbuja de tiempo, donde no estaba ni aquí ni allá. Donde no me dolía, donde no lloraba, donde esperaba el atravesar la puerta de la casa para desmoronarme en lágrimas, donde esperaba ver su cuarto vacío y el altar que le habían hecho.

Me sentía como bloqueado, reprimido en mí mismo con todas mis fuerzas para evitar soltarme en llanto a medio vuelo durante las próximas once horas de trayecto. Antes de partir Jessica me había prestado un libro sobre una médium que compartía su experiencia como médium. Ese libro me ayudó mucho a comprender ciertas cosas, a asimilar otras, y a pensar que algunas de las cosas que decía eran muy descabelladas.

En su libro ella habla sobre que después de la muerte existen diferentes planos, que nosotros no vamos a un más allá sino que pasamos por diferentes niveles, por muchos “más allá” y que cada uno nos permite evolucionar dependiendo de nuestro nivel de conciencia. El trabajo de la médium es facilitar el paso de las almas a través de esos distintos niveles, de nuestro plano al plano que mejor les corresponda.

En mi mémoire hablo sobre el mito personal y en cómo éste define nuestra forma de pensar, nuestras creencias y actitudes hacia las situaciones a las que nos enfrentamos en la vida cotidiana. Es verdad que nuestra definición que nos formamos acerca de la muerte y del más allá define nuestra actitud ante la muerte de un ser amado.

El pensar en la muerte como distintos planos con los que tenemos conexión me permitió pensar en mi abuelita, en otro plano, mucho más joven y fuerte, sin los achaques de la edad, en una cocina rústica, moviendo una cazuela de mole con una cuchara enorme. Cocinando mientras espera la llegada de sus hijos y nietos, como tanto le gustaba cocinar cuando era joven y fuerte.

Finalmente aterricé en México y cuando bajé del avión lo que se me hizo más curioso fue el olor, fue lo primero que percibí de la ciudad. Así como París huele a orines porque la gente se orina en la calle, la ciudad de México tiene un olor particular. Huele a metro, como a agua estancada. Es un olor sutil pero desagradable y fue lo primero que noté de la ciudad cuando bajé del avión.

Cuando pasé controles de migración no me pidieron nada, sólo mi pasaporte, ni siquiera el tan famosísimo código QR que tuve que llenar para subir al avión porque supuestamente lo pedían las autoridades mexicanas. Había un fila enorme de mexicanos que llegaban del extranjero, mucho más larga que la de los extranjeros.

Cuando subí al avión y ocupé mi lugar, todas las personas en las filas aledañas comenzaron a saludarse entre ellos, como si se conocieran o vinieran de la misma fiesta. Los dos aviones que tomé estaban llenos. Me sorprendió ver tanta gente viajando en momentos en los que supuestamente las fronteras estaban cerradas.

Después de mis dos aviones tomé el autobús para llegar a Puebla, mi destino final, y llamé a mi madre para que viniera por mí a la estación de bus, el lunes a las ocho de la mañana. Por fin ya estaba en casa.

12 de abril, las primeras impresiones

Cuando llegué a casa mi mamá había cambiado las cerraduras. Evidentemente mi llave ya no abría, lo que era de esperarse, por lo tanto no podía entrar sin la ayuda de mi madre o de alguien que me abriera. Cuando entré lo primero que vi fue el altar de mi abuelita en el muro que da a la puerta. No esperaba verlo ahí, creí que lo habían puesto en su cuarto, al fondo de la casa. Me sorprendió verlo ahí y me costó trabajo hacerme a la idea de que los restos de mi abuelita estaban dentro de la caja que reposaba sobre el altar.

Evité el altar y entré directo a la casa. Mi tía Tere daba clases por videoconferencia en la computadora de la sala, mi tía Toñita se acababa de levantar y mi hermana había venido a recibirme. Antes que nada me dijo que tomara un baño para desinfectarme y que metiera a lavar mi ropa. Así lo hice.

Cuando salí del baño lo primero que hizo mi hermana fue venir a abrazarme y soltarse a llorar. Mi cuarto estaba lleno de cosas y no había espacio sobre ninguna cama, por lo que no había lugar donde pudiera quedarme. Tuve que meter mis cosas en el cuarto de mi abuelita, ahora vacío y muy a mi pesar debí dormir en su cama, junto con mi tía Toñita, que ya dormía ahí en esa misma cama.

Busqué ropa para cambiarme, como iba de vuelta a casa no me llevé nada bajo el supuesto de que ahí todavía debería de tener ropa. Para mi sorpresa no tenía ningún pantalón. Tuve que dejarme puesto el pantalón que traía en el viaje, puesto que era el único pantalón que tenía para pasar toda mi estancia.

La casa ya no era mi casa, pero tampoco era la casa de nadie. Estaba invadida por la basura, por cartones viejos, bolsas de plástico y botellas vacías que nadie tiraba. No me sorprendió el hecho de no tener una cama en donde dormir, pero me sorprendió el hecho de que nadie tuviera una cama en donde dormir, excepto por mi tía Toñita que ocupaba el cuarto de abuelita.

Cuando Mary llegó, mi mamá tuvo que limpiar su cuarto para que Mary pudiera ocupar el de ella. Cuando yo llegué, simple y sencillamente no tuve donde dormir. Ese día mis prioridades eran dos: sacar una copia de la llave y comprar un chip de teléfono para poder tener internet y cómo comunicarme.

Hasta ese momento me había estado colgando de las redes WiFi del aeropuerto y de las estaciones de bus. Sólo por un momento tuve activo el roaming de datos de mi chip francés: el tiempo de quitar el modo avión, enviar un SMS a Jessica de que había llegado con bien y desactivar el chip. En ese tiempo sólo gasté 2 Mb de internet, por los cuales SFR me facturó la módica cantidad de 35€, siendo que por mi plan de 60 Gb al mes no pago más de 12€. Fue una mentada de madre.

Desayunamos, fuimos al mercado para sacarle una copia a la llave para mí y una para mi hermana. Aprovechamos para hacer el mandado y compramos toda la fruta que pudimos, sobre todo aquella que no podíamos conseguir en Francia: guanábana, mango, naranja para jugo, etc. Yo compré chayotes para poder hacer mi platillo favorito que me preparaba mi abuelita.

Después de pasar la tarde en el mercado, que me pareció un clúster de COVID hecho y derecho, pero cuyo miedo no me impidió aceptar una muestra gratis de quesillo cuando me la ofrecieron, fuimos a movistar para comprar mi chip.

Compré mi chip, pude recuperar mi número mexicano e hice una recarga para poder tener internet y estar comunicado el tiempo de mi estancia. Finalmente de vuelta en casa cenamos tacos de carne asada y me fui a dormir. No tuve jetlag, el hambre me despertó a las siete de la mañana al día siguiente. El hambre, el perico de mi tía, Lorenzo, que cantaba a vivas voces, mi madre que ponía su clase de zumba a todo volumen en la cochera, mi tía Toñita que entraba y salía del cuarto a todo momento y la voz de mi tía Tere que daba clases en la sala y que hablaba a sus alumnos como en una sesión de espiritismo diciendo “Hello, how are you?” a trece alumnos que nunca respondieron ni dijeron ni siquiera “hola”.

En ese momento pasó el gas, con su típica canción que todo mexicano conoce: “¡El gaaaaaaaaassssss! Tu, tu-tu, turururu… turu-turu… ¡El gaaaaaaaaaaaassssss!”

No, no tuve jetlag.

El martes 13…

Cuando llegué muchos amigos me escribieron dándome su pésame y preguntando si podían verme. Pero sólo una, Elibeth, una amiga que conozco desde primer año de la preparatoria, se plantó afuera de mi casa al día siguiente de mi llegada a las 10 de la mañana.

Fue muy bonito verla, me sentí querido y reconfortado. Ese día desayunamos memelas y luego ella me acompañó para ir por las muestras de mi libro. Antes de que falleciera mi abuelita el plan original de ir a México era, además de ir a verla, aprovechar mi estancia para poder imprimir nuevas copias de mi libro “La Fortaleza del Dragón”, así como merchandising del mismo.

Un día antes de que muriera ya había encargado a una imprenta una muestra del libro, misma que Elibeth me acompañó a recoger. Sin embargo el dinero que iba a destinar para la reimpresión lo gasté en el boleto de avión. Aun así decidí tentar al destino e ir a una segunda imprenta a que me hicieran una cotización y que me imprimieran una muestra para ver la calidad.

Para hacer esa odisea le pedí el auto a mi mamá, que me miró con desconfianza y me dio toda una letanía de cómo debía de cuidar el auto. No es como que lo hubiera utilizado en Puebla todos los días durante los tres años que tuve mi tienda de cartas y de artículos frikis para ir a exposiciones.

El comentario de mi madre no me cayó nada bien y decidí irme en camión con Elibeth. ¡Oh craso error! Había olvidado lo complicado que era moverse en camiones e ignoraba que el pasaje ya costaba mucho más caro. Además de que varias rutas que antes circulaban habían desaparecido a causa del metro bus. Ergo, fue muy complicado y tardado ir de una imprenta a otra, así como volver a casa. El resto de mi estancia me moví en auto, ya no me es posible desplazarme en transporte público en Puebla, necesito tener movilidad.

Por la noche mi hermana había quedado de verse con dos de sus mejores amigos, como no podía quedarse a dormir en casa de ellos, me pidió que la fuera a dejar y que la esperara para traerla a la casa. Aproveché el viaje para visitar a Eduardo, mi mejor amigo que conozco desde la primaria y que vive sobre la misma ruta.

Fue un encuentro interesante y esperado. Cuando llegué a su casa me desinfectó con spray. Lo primero que hice una vez dentro fue pedirle un abrazo y llorar en su hombro la muerte de mi abuelita. De todos mis amigos él es quien la conocía de más tiempo. Después de eso hablé con su mamá, hablé con él. Él perdió a una de sus tías, hermana de su mamá a causa del COVID recientemente. La familia de su tía también se contagió de COVID.

Ha sido un año doloroso, dos años, desde el año pasado. Siento que se nos ha ido más gente en estos tiempos que en todo lo que recuerdo de vida. Quizás sólo sea mi percepción. Quizás sea que es el año en el que perdí a mi abuelita más querida.

Cuando vine a Francia en 2014, antes de partir de México sentía mucha ansiedad por ir a ver a mi abuelita paterna, en el fondo sabía que era la última vez que la iba a ver. Dos semanas después de que llegué a Francia me habló mi media hermana para decirme que ella había fallecido. Llevo dos viajes a Francia, y dos abuelitas que han muerto mientras que yo estaba lejos, pero de la primera si me pude despedir.

Si hiciera las cuentas de todo lo que me ha costado Francia, quedarían así: dos relaciones de pareja, el aborto de un hijo, dos abuelitas fallecidas. Sale caro el querer vivir en el extranjero.

El precio que pagamos no lo pagamos en dinero, lo pagamos en todo aquello que es valioso para nosotros y que perdemos cuando nos vamos.

Sábado 17 de abril: rituales

Yo siempre he dicho que los rituales funerarios son para los vivos, no para los muertos.

En México la tradición católica dicta que el muerto debe de velarse una noche, al día siguiente debe de ser enterrado y luego viene el novenario. El novenario son los nueve días que siguen al entierro. Cada uno de esos días, por la noche, se reza un rosario por el alma del difunto. Después del rosario normalmente se ofrece café y pan a las personas que asisten.

Al final del novenario se hace una misa conocida como “la levantada de cruz.” Para esa ceremonia se manda a hacer una cruz de madera o de metal que se coloca acostada en el suelo con sirios alrededor. Durante la misa se reza y poco a poco se va levantando la cruz hasta que queda en posición vertical. Una vez que la cruz ha sido levantada, se lleva al panteón para colocarla en la tumba del muerto. Esta cruz lleva inscritos sus datos para poder identificar a la persona, su fecha de nacimiento y fecha de deceso.

Al final de la levantada de cruz se ofrece una comida puesto que es un evento muy importante ya que simboliza el final de los rosarios y cuando el alma finalmente sube al cielo.

En otros momentos y en otras circunstancias me hubiera gustado hacer toda esta serie de ritos para mi abuelita. Yo no me considero católico, pero mi familia sí lo es. Sobre todo mi abuelita era muy religiosa y considero que para ella eran importantes, así que me hubiera gustado hacerlo por ella puesto que eran sus creencias. Como dice Sheldon en el a serie Young Sheldon: “No tengo fe en dios, pero tengo fe en mamá.”

Sin embargo los tiempos que vivimos son excepcionales. Las iglesias en Puebla están cerradas a causa del COVID, así que los rosarios se hacen en videoconferencia. La consuegra de mi abuelita le mandó a hacer rosarios presenciales en otra ciudad cerca de Puebla llamada Huejotzingo, pero eran en la noche y nos quedaba muy lejos para poder asistir. Así que no se realizaron ninguno de los ritos funerarios pertinentes para mi abuelita durante la semana que les correspondía.

Mi tío Eleazar, hijo de mi abuelita y hermano de mi mamá, propuso que hiciéramos la levantada de cruz el sábado con la familia. Invitaron a dos ramas de la familia que viven en pueblos vecinos, San Pablo Xochimehuacán y Huejotzingo. Mi hermana invitó a una de sus amigas que vino junto con su mamá. Asistieron mis tíos y tías, hijos de mi abuelita, con sus respectivas familias. Yo no invité a nadie de los míos, COVID obliga. Aun así en total fuimos alrededor de treinta personas.

Para la levantada de cruz servimos pozole. Mi tía Aurora, esposa de mi tío Eleazar cocinó el pozole, mi tía Toñita y mi tío Eli fueron al mercado a comprar cosas, mi hermana y yo nos dedicamos a limpiar la casa y picar las verduras para el pozole: lechuga, rábanos, cebollas, frijoles refritos y hacer el agua de Jamaica para beber.

Mi madre ese día fue a andar en bicicleta al parque ecológico y decidió asistir a un taller de conversación en línea. Ella siempre se ha quejado de mis tíos porque cuando más necesitamos que nos ayuden ellos nunca nos echan la mano, y ese día que era el rosario de mi abuelita ella se fue por su lado y no nos ayudó con los preparativos. Nos hizo falta su ayuda, pero sobre todo su presencia emocional, como si todo lo que tenía que hacer fuera más importante que rendirle homenaje a mi abuelita. A mí no me dolió tanto su desinterés como su incongruencia. Se queja de lo que hacen los demás, pero ella hace lo mismo cuando se presenta la oportunidad.

Al final se hizo el evento y llegó la gente. Le habían hecho un altar a mi abuelita en el patio donde se llevaría a cabo la ceremonia. Contrataron a una señora para que hiciera el rezo. Antes de que todos llegaran llamé a mi hermana para mover las cenizas de mi abuelita y que las lleváramos juntos al altar. No quería que nadie más las tocara antes, sentía que nadie más que nosotros la trataría con el respeto que se merecía.

Tomamos la urna entre los dos y llevamos las cenizas al altar. Fue la primera vez que tocaba la urna de abuelita, lloré todo el camino hasta que depositamos sus cenizas en el lugar que le correspondía. Como no se iban a llevar al panteón en ese momento la cruz que mandaron a hacer era una cruz de flores, no de metal ni de madera. Mi tía Aurora nos dijo a Mary y a mí que nosotros seríamos quienes levantáramos la cruz llegado el momento.

Nunca me sentí tan solo como durante el tiempo antes de que comenzara el rezo. Mi hermana y yo estábamos sentados solos en una mesa frente al altar de mi abuelita. Nadie se acercó a saludarnos, nadie se acercó a darnos el pésame ni a darnos un abrazo. Llorábamos intermitentemente, como por pausas. Nos dolía todo: nos dolía el alma, nos dolía el corazón, nos dolía el que no hubiéramos llegado a tiempo para despedirnos de ella. Y nadie se nos acercaba. Ahora más que nunca, con toda la familia reunida necesitábamos de un abrazo, pero parecía que estábamos aislados del mundo, que nadie quería venir a vernos.

Cuando comenzaron los rezos llamó mi tío Marcos, el sexto hijo de mi abuelita, el más joven, que vive en Tijuana junto con su familia, en la frontera con Estados Unidos. Él no pudo estar presente por culpa de su trabajo pero estaba presente por video llamada.

Cuando fue el momento de levantar la cruz mi hermana y yo avanzamos hasta el altar y nos hincamos para levantarla. La mujer que habían contratado comenzó a rezar, mencionando las partes del cuerpo que simbolizaban la cruz y los sirios a su alrededor: su cabecita, sus brazos y su corazón. Conforme mencionaba una parte de su cuerpo rezaba por el perdón de sus pecados, entonces nosotros debíamos retirar el sirio de la parte del cuerpo que correspondía y levantar un poco la cruz hasta que al final quedara en posición vertical para que todos pudieran venir a despedirse de ella.

Nunca había estado en una levantada de cruz, no sabía en qué consistía el ritual, pero en ese momento entendí por qué nos habían pedido a mi hermana y a mí que lo lleváramos a cabo. A cada etapa correspondían unos diez minutos de rosario, diez minutos en los que teníamos que permanecer hincados a media altura sosteniendo la cruz. Un verdadero martirio y, según nos dijeron mis tíos después, la mujer fue breve en cuento a los rezos.

Durante la letanía que ella cantaba por el perdón de los pecados lo único que podía pensar era: “Eso es mentira, lo que dice son palabras vacías, mi abuelita no tenía pecados qué perdonarle.” En ningún momento de todo el rezo pude encontrar algún pecado que reprocharle a mi abuelita, nada por lo que Dios debiera de perdonarla. Ella siempre fue gentil, ella siempre fue amable con todo, ella despedía amor en cada gesto que otorgaba a los demás. El amor y la generosidad siempre fueron sus cualidades más destacables.

Durante todo el rezo lloré como una magdalena. Las lágrimas escurrían de mis ojos y los mocos escurrían de mi nariz y aun así nadie se acercó a ofrecerme un pañuelo o un pedazo de rollo para limpiarme la nariz. Al final todos pasaron a despedirse de la cruz, le dieron un beso y cuando los rezos hubieron terminado, pusimos la cruz sobre el altar y empezamos a servir el pozole.

Durante la comida pude convivir con mis tíos y familiares que habían venido para despedir a mi abuelita. Me hubiera gustado que mis amigos hubieran podido estar ahí, pero no fue posible por culpa del COVID. De todas formas para mi gusto éramos ya demasiadas personas.

El abrazo

En cierto momento de la noche mi hermana fue a la cocina a buscar algo, no sé si más tostadas o por el café. Yo entré a la cocina después de ella y me dirigí de inmediato a la estufa para moverle al café y evitar que se quemara. Cuando pasé junto a la puerta percibí una presencia en la sala, de inmediato me volteé a ver a mi hermana para preguntarle: “¿Mamá está en la sala?”

Ella y yo nos asomamos y no había nadie en la sala, pero mi hermana me dijo: “Sí hay alguien, yo siento una presencia. Tú la sentiste también, ¿verdad?” Ella caminó a la sala y se paró junto al reposabrazos del sillón. “Es justo aquí” me dijo “Siento como si algo me apretara el pecho, como que se me dificulta respirar.”

Yo percibí una especie de aura, es difícil describirlo con palabra, como una zona, una presencia en forma de campana que rodeaba a mi hermana y donde el aire era más espeso. Una presencia invisible pero que podía sentir sin sentirla.

Cuando me acerqué a ella y entré en esa aura de campana me solté a llorar. Lloré sin para y sin poder evitarlo, los ojos se me llenaron de lágrimas que salían y salían por sí solas y entonces me vacié de toda esa tristeza que había retenido en mi alma y en mi corazón durante todo ese tiempo que había estado en México.

Era como sentir algo sin sentirlo, como si alguien hubiera conectado tan profundo con mi ser que yo era capaz de sentirlo en emociones, pero mi cuerpo lo sabía y por eso lloraba descontroladamente. Me hice hacia un lado abrazando a mi hermana pero podía seguir percibiendo la presencia en forma de campana frente a nosotros, junto al reposabrazos del sillón.

Entonces tomé un sarape y lo coloqué sobre el sillón diciendo: “Te amo Abue. Ven te voy a tapar.” Y la tapé como ella nos atapaba cuando nos quedábamos dormidos, quisiéramos o no. Como yo la tapaba cuando ella se quedaba dormidita en el sillón y cerraba sus ojitos. Y yo la tapé por última vez, y le cerré sus ojitos y me despedí de ella, como me enseñaron en el ejercicio de Vive cuando tomé el taller de Life Coaching.

Mi hermana y yo decimos que esa presencia era mi abuelita que vino a despedirse de nosotros y a darnos ese abrazo que no pudo darnos en vida. A ciencia cierta nunca lo podré decir. No sentí esa presencia como mi abuelita, aunque sé que era ella, pero no podría definirlo a ciencia cierta. Fue algo, como un envolvente de amor que vino a abrazarnos y a hacernos sentir lo que sentíamos con ella estando en sus brazos, pero que ya no era ella. Como si todo el amor que guardaba dentro de su corazón se hubiera desbordado en una fuente, formando una campana invisible que nos acogió a mi hermana y a mí, en ese momento, por algunos segundos antes de desaparecer.

Más tarde mi hermana me dijo que ella volvió a ese mismo lugar, que se despidió de ella y que se puso a llorar. El resto de la velada la pasamos bien, tomando café y platicando con la familia. Al día siguiente nos sentíamos muchos más tranquilos, mucho más desahogados. Cuando hablé con ella le dije que me hizo mucho bien el haber realizado la levantada de la cruz para procesar mi dolor, pero que sobre todo lo que me había hecho bien había sido la presencia de mi abuelita que había venido para despedirse de nosotros. Ella me dijo que sentía exactamente lo mismo que yo.

Los ritos son para los vivos, no para los muertos.

Lunes 19 de abril: una carrera contra el tiempo

El lunes fuimos a hacer bicicleta, pasamos a comer tlayudas, aunque justo ese día no hubo. Después pasamos a comprar dulces típicos poblanos, muéganos sobre todo, de esos que comíamos cuando éramos niños y que salíamos del kínder. Después vi a mi amiga Elizabeth y a su novio que vinieron a la casa. Platicamos un largo rato, me dio mucho gusto verlos, y a las seis de la tarde me entregaron la muestra de mi libro. Ahí comenzaría una carrera contra el reloj.

A partir de ese momento tenía en las manos dos muestras de mi libro, de dos proveedores distintos, con dos presupuestos distintos. Una vez hechas las cuentas, un ejemplar me salía cien pesos más caro que el otro. La duda ahora recaía en los tiempos de entrega y en si la diferencia de calidad justificaba la diferencia de precio.

En un inicio había dado por perdida la posibilidad de poder imprimir mis libros debido a que el dinero lo había gastado en el boleto de avión que tuve que comprar de improviso. Pero ya estando en México y reflexionando no quise irme de ahí sin llevarme al menos algunos ejemplares impresos. Pensé en un inicio imprimir cincuenta, pero mi mamá y mis tías me dijeron que ellas me apoyaban financieramente para poder imprimir cien ejemplares.

En ese momento llamé a mi amigo Eduardo para que al día siguiente me acompañara a las librerías Gandhi y el Sótano para hacer bench marketing y comparar mi libro con otros libros del mismo género y calidad, para ver cuáles eran sus precios y los acabados de los libros que serían su competencia directa en librerías.

Martes 20 de abril, bench marketing

Al día siguiente fui a casa de Eduardo para desayunar y de ahí fuimos a las librerías para ver qué libros del género de fantasía existían, cuál era su calidad y a qué precios los vendían. Para mi sorpresa, tras analizar varios libros y ediciones diferentes me di cuenta de que los precios de los libros estaban demasiado baratos.

La mayoría de los libros de fantasía estaban empastados en tapa blanda con solapas y con acabados en papel metalizado o hot stamping. Los precios oscilaban entre $350 y $450 MXN. Los libros que correspondían en edición y acabados equivalentes al mío: tapa dura con camisa e imágenes al color, tenían un rango de precio similar de $450 a $500 MXN máximo.

El coste de mis libros, ya con camisa, con el proveedor de menor calidad era de $230 y con el de mayo calidad de $330 MXN por ejemplar. Lo que me dejaba con un rango de ganancia muy pequeño una vez quitando las comisiones de venta de la plataforma de cobros y el envío por paquetería, si es que quería ofrecer el envío gratis.

Hice un focus group con la familia de Edy y con la mía. Primero le presenté a cada quien los dos libros muestras para que los compararan y me dijeran cuál de los dos les gustaba más. Las votaciones favorecieron al libro más caro, obviamente.

Después les pregunté: “El precio final de venta será entre $450 y $500 MXN. Si gastas quinientos pesos en un sitio web y recibes este libro por paquetería, ¿sientes que desquitaste tu dinero?” Las opiniones en general fueron que sí, tomando en cuenta la calidad, que es de pasta dura y que tiene imágenes a color, eso justificaba un poco el precio.

Finalmente les decía el costo de producción de cada ejemplar y les preguntaba si la diferencia de calidad justificaba la diferencia tan grande de precio y si debía o no invertir más dinero para obtener una calidad mejor. Al final los votos fueron casi unánimes al decir que eligiera el proveedor más barato, que la diferencia de calidad no justificaba el precio.

Una vez que me entregaron los libros y pude apreciar la calidad final de todo el tiraje y no sólo del libro muestra, creo que quizás si debí haber invertido un poco más para obtener una mejor calidad. Pero para el momento en que tomé la decisión, considero que fue una decisión bien tomada, sobre todo por los tiempos de entrega tan justos que tenía.

Ese mismo día en la noche me pude a hacer los ajustes pertinentes a la camisa del libro para poder imprimirla al día siguiente.

Miércoles 21 de abril, ¡producción! ¡Producción!

Al día siguiente a medio día me encontraba ya en la imprenta, listo para pedir el tiraje de cien ejemplares. Llevé ambos libros muestra y di al impresor instrucciones para corregir los errores menores que había detectado en el libro muestra. Una vez los errores aclarados y el anticipo pagado, me dediqué a los demás productos de los que también me interesaba hacer muestras.

El día anterior había pasado con Edy por la zona de imprentas y habíamos descubierto un local en el que hacían playeras sublimadas. Pedimos los patrones de las playeras para poder hacer los diseños pero nos dijeron que sólo podían dárnoslos una vez que hubiéramos realizado el pago. Entonces lo que hice fue hacer un pedido de dos playeras muestras para poder recibir los patrones y hacer los diseños.

También imprimí los tabloides laminados que servirían de camisas para los libros. Como en cada tabloide había sobrantes de papel decidí incluir dos separadores de regalo con cada ejemplar. Lo más difícil de producir las camisas fue quitar los sobrantes de laminado alrededor de los tabloides para poder separarlos y llevarlos a corte. Una vez separados todos los tabloides los llevé a corte con guillotina, me entregaron las camisas ya cortadas al día siguiente, aunque por un error de medición quedaron un milímetro más grande que el tamaño final de los libros. Ahí sí, ya no pude corregirlo.

Aprovechando que me encontraba en la zona de imprentas pasé a ver a dos amigas que trabajan ahí y que conozco desde hace tiempo. Una de ella abrió su local a inicios de la pandemia y afortunadamente ha sobrevivido hasta el momento. Ambas me orientaron para saber hacia dónde dirigirme para encontrar proveedores buenos, bonitos y baratos.

Gracias a su apoyo encontré un proveedor de tela sublimada que podía hacerme posters de tela en alta calidad y con los acabados que yo buscaba. También mandé a imprimir un poster de cada medida para poder tener una muestra que traerme a Francia. Asimismo mandé imprimir un metro de tela sublimada para confeccionar almohadas, que mi amiga Adriana hizo el favor de coser. Así que ahora ya tengo proveedores de tela impresa, de playeras y de costura.

Una vez pagadas las muestras en la noche llegué a hacer todos los diseños correspondientes para poder mandarlos al día siguiente y que las cosas estuvieran listas antes de mi regreso a Francia.

Jueves 22, pizza y chelas

El jueves envié los diseños correspondientes para que las impresiones estuvieran listas en tiempo y forma. Ese día comí con mi amiga Valeria que me presentó a su hija de un año y por la noche vi a mis amigos de la preparatoria: el Patas, el Chalán, y Elibeth. Comimos pizza, jugamos juegos de mesa, nos pusimos al día y fue una buena pausa para recordar los viejos tiempos y lo mucho que me hacía alta tener cerca a mis amigos en esos momentos.

Todo el tiempo que estuve con Valeria estuve distraído, como apagado. Ya no era el Omar de antes que andaba todo entusiasta y animado. Cuando estuve con Elibeth y el Chalán dejé las llaves olvidadas en el interruptor del auto, de milagro no se lo robaron con todo lo que había adentro.

Es como si estuviera en otro mundo, perdido, distante. De por sí era distraído, pero ahora era como si estuviera exacerbado al cubo. Algo que me ayuda un poco es el hecho de que de regreso en Francia mi novia y yo tomamos el camión de servicio de la escuela para ir a recuperar un mueble y ella también dejó las llaves olvidadas en el interruptor del auto. Quizás sea sólo la costumbre de que las nuevas llaves sin contacto no es necesario insertarlas en el volante para encender el auto. Quizás sólo es la falta de costumbre y no el hecho de que una luz dentro de mí se haya apagado con la partida de mi abuelita.

Viernes 23, alebrijes y rebujos

El viernes vi a dos de mis amigas que me habían visitado en Francia: Zaurit y Victoria. Cabe mencionar que antes de verla tuve que pasar a la farmacia por tratamiento porque me había dado una infección intestinal: la maldición de Moctezuma, a todos los viajeros que vienen del extranjero y que les hace daño la comida mexicana.

Como los demás miembros de mi familia también se enfermaron, atribuyo la infección intestinal a la pizza de Domino’s que comimos la noche anterior y no al hecho de haberme atascado de comida callejera y de todo lo que pude tragar en los días anteriores. No, seguramente fue la pizza.

Fue un alivio para mí cuando los síntomas que yo atribuía al COVID fueron diagnosticados por la doctora de la farmacia como una infección intestinal. Mi reacción fue: “¡Ah! Eso es normal.” Mi mayor preocupación era haberme contagiado de COVID y que mi test PCR para el regreso saliera positivo, impidiéndome volver a Francia.

Ese día fuimos a la Pasita, un bar tradicional del centro de Puebla, pasamos a tomar una cerveza al barrio del artista, comimos chalupas, una delicia tradicionalmente poblana, me acompañaron a comprar recuerdos al mercado del Parián para traer a los vecinos, comimos tacos (no) árabes de la cuatro poniente y nos sacamos fotos en el colorido barrio de los sapos. Un día bien aprovechado.

Sábado 24 de abril, terapia familiar

El sábado tuvimos una terapia familiar con Bruno, el terapeuta de la familia. Cuando llegué a México, mi mamá me preguntó si quería tener una sesión con Bruno para trabajar el duelo de mi abuelita. Le dije que en ese momento no tenía una respuesta, que primero tenía que trabajar el duelo yo solo y, si veía que las herramientas con las que contaba no eran suficientes, entonces pediría la ayuda de Bruno, pero ya con algo particular en lo cual trabajar.

Durante muchos años me preparé para vivir el duelo de mi abuelita Carmen. A pesar de que en mi mente imaginaba que ella llegaría a vivir cien años, o más, sabía que no era para siempre y que tarde o temprano tendría que vivir ese momento. Sin embargo nunca pensé que tuviera que vivirlo así. Todo fue tan rápido, tan violento y repentino. Sentíamos la muerte llegar, pero pensamos que podríamos ser más rápidos que ella y llegar a tiempo para despedirnos antes. Pero no fue así.

Sentí como si me hubieran arrancado un momento de mi vida, el momento más importante de mi línea de tiempo. Me estuve preparando durante mucho tiempo para vivir ese momento de dolor y cuando por fin llegó, el momento no estuvo ahí. Mi abuelita falleció y al día siguiente la cremaron y para cuando yo llegué a México ya no quedaba de ella más que las cenizas. Nada de qué despedirme, ni un momento de adiós, ni un sepulcro, ni un funeral, ni rosarios. Nada.

Sentí que me arrebataron el momento más importante de mi vida, que me quitaron la oportunidad de vivir el dolor de su pérdida en carne propia y que sólo quedaba en ese lugar un vacío inexistente.

Intenté vivir mi duelo y procesar ese dolor estando en casa, pero había demasiado ruido, demasiada interferencia. Mi tía dando clases toda la mañana, mi mamá dándonos órdenes a diestra y siniestra: “lava la ropa, escombra esto, llévate tus cosas al departamento, no has cocinado lo que dijiste que ibas a cocinar”. En fin, mucha gente, mucho ruido, sin tiempo para estar solo y sin espacio para estar en paz y en silencio.

Al final mi hermana decidió pedirle a mi mamá una sesión con Bruno, nuestro psicólogo. La única condición es que fuera una sesión en familia, donde pudiéramos estar todos en un ambiente seguro y con un mediador que evitara que la conversación se saliera del tema de mi abuelita y se centrara sobre los malentendidos entre hermanos, como era el caso siempre que intentábamos hablar con ellas en familia.

Yo ya había tomado antes terapia con Bruno, para tratar mi ruptura de pareja antes de partir a Francia y la verdad es que siento que me ayudó mucho. Más allá de ser buen terapeuta, siento que es buena persona.

Entonces agendamos con él el sábado en la tarde una sesión de terapia en familia. Al comienzo de la sesión cada uno de nosotros expresó sus sentimientos y lo que esperaba de esa sesión. Mary le dijo que cada vez que hablábamos de mi abuelita la conversación cambiaba y que terminaban hablando de sus problemas entre hermanos, como una lucha de egos entre ellas que no llegaba a un final. Yo le dije que necesitaba procesar mi duelo y en particular el hecho de no poder haber llegado a despedirme de ella en vida.

Mi mamá y mis tías expresaron el hecho de que ellas cuidaron a mi abuelita en sus últimas semanas y de que nosotros nos quedamos como atrapados en una burbuja de tiempo en la que ella estaba bien cuando nos fuimos, pero que no vimos cómo se fue degradando a medida que pasaban los años. Mi madre evocó el hecho de que ella no sabía cómo darnos la noticia, puesto que nosotros estábamos lejos, solos y desprotegidos y que no quería ponernos en una situación peor, pero que decidió decirnos porque si no le hubiéramos reclamado si llegábamos a México esperando ver a mi abuelita con vida y nos dábamos cuenta de que había fallecido antes y que no nos había dicho.

Bruno hizo una constelación familiar, en la que puso a mi mamá y a mis tías en círculo y a mi hermana y a mí detrás de mi mamá. A través de ese ejercicio, en el que uno a uno fuimos expresando nuestras emociones y nuestro sentir, puso en evidencia la dinámica familiar que se desarrollaba en ese momento.

Las hermanas estaban centradas en arreglar sus diferencias, sin hacernos caso a mi hermana ni a mí. Pero nosotros sólo veníamos de paso, estábamos ahí por unas pocas semanas y nuestra prioridad era poder procesar el duelo de mi abuelita antes de irnos de vuelta a Francia, y para eso necesitábamos el apoyo del núcleo familiar.

Finalmente Bruno hizo que mi mamá pidiera a sus hermanas hacer una pausa en sus diferencias para poder centrar su atención en nosotros por el tiempo que nos quedaba, y que retomarían el tema entre hermanas una vez que nosotros nos fuéramos de vuelta a Francia.

La sesión no resolvió el problema en sí, pero nos ayudó a darnos cuenta cuál era el juego que se jugaba dentro de la familia y a centrar la atención en lo que era prioritario, al menos para nosotros los nietos que estábamos de pasada.

Domingo 25 de abril, la Voz de la Naturaleza

Mi hermana quería hacer una salida en familia a la naturaleza. A ella le encanta subir montañas y hacer senderismo, actividades que es la única de la familia en disfrutar. Para esto organizó una salida a un lugar llamado Paso de Cortés, que se encuentra entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. Estos volcanes se ubican entre la ciudad de Puebla y la Ciudad de México, y dicho paso es el lugar por el cual Hernán Cortés, el conquistador español, atravesó para llegar hasta la ciudad de México-Tenochtitlán, capital del antiguo imperio Mexica.

Popocatépetl significa en náhuatl “cerro que humea” e Iztaccíhuatl significa “la mujer blanca”, también conocida como “la mujer dormida”. Ambos volcanes forman parte del paisaje de los valles de Puebla y de México y fueron mi fuente de inspiración para mi ilustración de “La Fortaleza del Dragón (verano)” (2016).

En ese viaje conduje casi tres horas en caminos de terracería para poder llegar al Paso de Cortés. A medio camino de la subida había una puerta que indicaba una zona eco turística, pero como el Paso de Cortés se encontraba más arriba decidimos llegar hasta el destino previsto.

Cuando llegamos preguntamos a un guía de por ahí cuál era el sitio turístico a visitar o las actividades a hacer. Él nos dijo que había una cascada no muy lejos, a 45 minutos a pie de ahí, bajando por un sendero. El sendero estaba cubierto de ceniza volcánica negra, que a nuestros pies parecía como arena de playa.

Algo impresionante fue el hecho de que todos esperábamos llegar a un punto en medio de los dos volcanes desde el cuál pudieran observarse uno de cada lado. Sin embargo descubrimos que estábamos en una amplia planicie y que en realidad los volcanes, que se veían relativamente cerca a la distancia, en realidad estaban muy alejados uno del otro.

Tomamos el sendero y caminamos alrededor de dos horas por el bosque y la naturaleza. Aproveché para hacer varias tomas del camino para poder subirlas después a instagram. Cuando llegamos al final del sendero nos dimos cuenta de que habíamos llegado a la reserva eco turística que estaba a mitad del camino de subida y que ahí también había un estacionamiento. Así que en realidad subimos hasta la punta para volver a bajar, y ahora teníamos que volver a subir para recuperar los autos. Pero para esto ya sólo subimos mi hermana, Elibeth y yo, y bajamos en auto a recoger a las demás.

Una vez en la cascada aproveché para hacer una actividad que aprendí en mi tercer fin de semana del nivel Pro de Life Coaching, llamada la voz de la naturaleza. El objetivo de la actividad es conectarse con la naturaleza y consigo mismo para escuchar nuestra voz interior. Para ello la actividad se divide en dos partes.

La primera consiste en encontrar un rincón aislado donde poder conectarse con la naturaleza, elegir un elemento de la misma, el que nosotros queramos y escribir sobre ese elemento y todo lo que nos evoque. Puede ser el agua, el sol, el viento, cualquier cosa. La segunda etapa se hace todos en conjunto y es la lectura de aquello que escribimos, acompañada de una dinámica que sólo conocen aquellos que han realizado el ejercicio.  Yo dediqué ese ejercicio a mi abuelita Carmen.

Terminamos la primera parte en la cascada, pero no alcanzamos a finalizar la segunda parte del ejercicio porque el cielo se nubló y amenazaba con llover, así que tuvimos que subir para recuperar los autos y poder partir a casa.

Tras otras tres horas atravesando caminos de terracería a lo largo de los cuáles cruzamos algunos incendios forestales causados por la sequía, llegamos al pueblo de Amecameca, donde encontramos un puesto de elotes asados en el que nos detuvimos a cenar. Una de las partes más importantes de mi visita a México era la comida y logré completar la mayor parte de mi lista de cosas por comer durante mi estancia.

Finalmente al llegar a casa en la noche hicimos la segunda parte de la actividad en la cual leímos lo que habíamos escrito y leí lo que le había escrito a mi abuelita. Tan pronto comencé a leer las palabras se atoraron en mi garganta y comenzaron a salir sollozos y llantos. Me tuve que contener con todas mis fuerzas para poder terminar de leer mi escrito. Aquí les dejo una copia de lo que le escribí a mi abuelita.

Al final Elibeth quiso decir unas palabras para todos nosotros y todos terminamos por abrirnos y comentar lo que sentíamos los unos de los otros. Fue una especie de terapia entre familia y amigos, nuestros amigos siendo el contrapeso que necesitábamos para hacer salir las risas, recuperar la alegría y evitar que el momento fuera demasiado solemne y triste. Fue un momento para compartir que también ayudó a trabajar el dolor y a hacerlo fluir.

Lunes 26 de abril: el ritual de despedida

Yo quería hacer una ceremonia para poder decirle adiós a mi abuelita. Pensaba hacer esa ceremonia yo solo, pero mi hermana insistió en hacer una ceremonia todos en familia, la familia nuclear, quienes habíamos vivido con mi abuelita en la misma casa y quienes la habíamos cuidado en sus últimos años de vida, es decir: mi mamá, mis tías Toñita y Tere, mi hermana Mary y yo. El lunes se lo dedicamos a ese ritual, y a hacer mi test PCR para poder volver a Francia.

Armamos nuevamente un altar con flores y fotos, le escribimos cada quien una carta y se la leímos frente al altar. Las cartas fueron muy emotivas y cada quién dijo lo que tenía que decir para despedirse de ella. La que más me significó personalmente fue la de mi tía Tere, yo siempre pensé que ella le guardaba rencor a mi abuelita, que todo el tiempo estaba enojada con ella.

A través de sus palabras, ella le decía justamente lo contrario, que nunca estuvo enojada con ella, que cuando mi abuelito murió, a la edad de 49 años, ella no pudo estar presente con él como hubiera querido, pero que se había hecho el propósito de estar presente con mi abuelita Carmen y de cuidarla hasta sus últimos suspiros, y así lo hizo. Escuchar esas palabras fue un alivio para mi corazón.

Mi tía y mi mamá también dijeron sus palabras de despedida, y yo le dije lo que había venido a México a decirle. Que venía a despedirme de ella, a darle un último abrazo y un último beso que no le di el día que me fui a Francia, y que mi único deseo era podérselos haber dado.

Al final mi hermana leyó su carta, en ella expresaba todo su enojo y frustración contra la vida por no haber podido llegar a tiempo. En conversaciones anteriores que habíamos tenido ella me compartió que siempre había tenido una sensibilidad particular para soñar cosas. Que los avisos de las cosas que iban a pasar siempre le llegaban por medio de sueños. Me compartió dos sueños que tuvo, uno de una boda en la que todos nos preparábamos pero a la que íbamos tarde. Ella recordaba haber visto a mi abuelita de espaldas, joven, que no pudo verle el rostro. También recordaba el sentimiento de angustia porque íbamos tarde a la boda. Mi mamá nos había dicho antes que cuando soñamos con una boda significa que alguien va a morir. Ese día mi hermana llamó angustiadísima a la casa para preguntar si mi abuelita no había muerto.

El segundo sueño era de un viaje en chile, en el que ella iba en un autobús y que la carretera estaba dividida en tramos separados por barrancos. Cuando el autobús avanzaba caía al vacío para poder llegar a la siguiente sección de la carretera. Ella recordaba el sentimiento de miedo de ir en caída libre por el vacío.

En ese mismo sueño soñó con un balneario y un tobogán de agua en el que estaba con Brenda, su mejor amiga. Mi hermana le insistía en que se arrojaran juntas por el tobogán, pero Brenda no la seguía. Entonces mi hermana montaba de vuelta por el tobogán de agua hasta ella y Brenda le decía: “sí soy importante en tu vida porque volviste por mí.” En el sueño tomaba la imagen de Brenda, pero la sensación que tenía Mary era de estar frente a mi abuelita.

Mary le reclamaba a la vida que no había habido indicios, ningún aviso de que mi abuelita iba a morir. Pero quizás eso sueños eran los indicios, sólo que ella no supo interpretarlos así. En ese momento pensé a mi necesidad de ver a mi abuelita Tita antes de irme a Francia porque en el fondo sabía que era la última vez que la iba a ver. También pensé en la última video llamada que hice con mi abuelita Carmen, en la que comencé a tomar impresiones de pantalla como loco, también porque en fondo sabía que eran las últimas fotos que iba a tener con ella.

Yo interpreto los sueños de Mary de la siguiente manera: Ella soñó con la boda porque era el fallecimiento de mi abuelita, la ansiedad que sentía porque íbamos a llegar tare era la misma ansiedad que sentía porque el fin ya estaba cerca, no pudo verle la cara a mi abuelita porque no iba a llegar a despedirse de ella y vio a mi abuelita mucho más joven porque es así como ella se veía a sí misma, y seguramente como ahora es estando en el paraíso, o en la dimensión que le corresponda.

En el segundo sueño el sentimiento de caer al vacío era ese sentimiento de vértigo cuando supo la noticia de que mi abuelita había muerto y que sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. El tobogán de agua es la vida que sigue su curso y que no puede volver atrás, y su amiga Brenda, la representación de mi abuelita, no fue con ella en el tobogán porque Mary deberá continuar sola la aventura de la vida, pero sin la compañía de mi abuelita, que se queda suspendida hasta este momento del tiempo.

Algo tiene razón, mi abuelita sabía lo importante que era para ella, porque Mary regresó a buscarla a pesar de que ya se había lanzado por el tobogán.

De las palabras que Mary escribió en su carta yo retengo la idea de que está en proceso de duelo, en la etapa de la negación, de la cólera y de la tristeza, pero que al mismo tiempo ella sabe que está atravesando un duelo y que el ser consciente de ello la ayudará a salir adelante. También rescato la madurez de sus últimas palabras, en las que menciona que esta no será la última pero la primera de varias despedidas que deba de hacerle para poder superar su duelo y continuar su vida de una forma sana y hasta cierto punto normal.

Como dije, los rituales son para los vivos, no a para los muertos y, según mi experiencia, la única forma de sanar el dolor, de sanarlo realmente, es trabajándolo.

Martes 27 de abril

El martes se lo dediqué a recuperar mis impresiones. Recuperé el tiraje de libros, los posters, las almohadas y las playeras. Como todo en esta vida, y sobre todo en el mundo de las impresiones, nada sería interesante si las cosas salieran bien a la primera.

Cuando me entregaron los libros revisé un par al azar y todo parecía bien. Las playeras me las entregaron a tiempo y sin defectos, así como las almohadas. Pero los posters de tela debieron haber llevado jareta en la parte superior e inferior y sin embargo sólo se las habían hecho en la parte superior, así que tuve que dejarlas para que terminaran la costura.

De vuelta a casa le di a mi primo uno de los ejemplares del libro para que lo revisara y él se dio cuenta de que habían varios errores con la impresión, así que fuimos de vuelta a la imprenta y revisamos libro por libro todos los errores puntuales que él había encontrado para verificar cuántos ejemplares estaban mal. Al final fueron seis ejemplares con diversos errores de los cuáles sólo cuatro eran errores graves que necesitaban corrección.

Cómo el tiraje incluía algunos libros extras por las mermas, al final volví a casa con los cien ejemplares justos para partir a Francia. Nada puede malir sal…

Miércoles 28 de abril

El miércoles acompañé a mi hermana a hacer su test PCR y fuimos a dejar las cenizas de mi abuelita al panteón. Originalmente no era posible porque había un trámite faltante que necesitaba cinco días hábiles para poder llevarse a cabo, pero mi tía Tere negoció con la administradora y nos dieron permiso de ir el último día porque yo tomaba mi vuelo al día siguiente.

Llevamos las cenizas al panteón, mi mamá y mis tías volvieron a leer sus cartas, mi hermana y yo decidimos decirle unas palabras de despedida a mi abuelita. Cuando abrieron el nicho, después de mucho batallar porque los tornillos se rompieron, descubrimos que las cenizas de mi abuelito, que mi tía había ido a depositar semanas antes, ya no estaban ahí.

En México tenemos una expresión que dice: “no estaba muerto, andaba de parranda”, y al parecer eso fue lo que pasó con mi abuelito. No estaba muerto, andaba de pata de perro con la vecina. Resulta que el nicho que abrieron cuando depositaron las cenizas de mi abuelito no era el correcto, sino que era el de al lado, así que tuvieron que abrir los nichos laterales para que pudiéramos encontrar sus cenizas.

Al final pusimos las cenizas de mis dos abuelitos juntos, con cuarenta y cinco años de diferencia, pero ya están de nuevo reunidos en la eternidad. Descansen en Paz Abuelitos. Los amamos.

En la tarde comimos cemitas y dediqué toda la noche a hacer mis maletas. No dormí en toda la noche, pero logré hacer, con la ayuda de mi tía Toñita, que todo lo que quería traer cupiera en dos maletas de 23 kilos.

Al día siguiente a las 4:30 a.m. me llevaron a la terminal del bus para ir al aeropuerto y regresar a Francia.

Jueves 29 de abril: regreso a Francia

El día jueves a las 5:00 a.m. tomé mi autobús con dirección al aeropuerto de la Ciudad de México, cargado con dos maletas de veintitrés kilos cada una, una mochila con mi laptop y mis discos duros, una maleta de cabina, treinta ejemplares impresos de mi libro “La Fortaleza del Dragón”, posters de tela, dos playeras y un montón de almohadas con las ilustraciones de mi autoría.

En el aeropuerto hice el check-in con la intención de registrar mis maletas, como mi vuelo no incluía maleta abajo tuve que pagar el exceso de equipaje. Había ya pagado las maletas extras para el vuelo México – Madrid, pero no pude hacer lo mismo para el vuelo Madrid – París. En el mostrador de Iberia pedí que registraran mi equipaje para el segundo vuelo pero me dijeron que no era posible, que debía de recuperar mis maletas en el aeropuerto de Madrid y volver a hacer el check-in ahí mismo.

Después de haber registrado mis maletas me encontré con mi amiga Jimena para desayunar juntos. Ella tiene una empresa de juegos inflables que iba muy bien antes de la pandemia pero que, como todos los eventos culturales, sociales y fiestas, se fue a pique a partir de que el COVID comenzó.

Platicamos un poco, nos pusimos al día, ella y su novio tuvieron COVID pero afortunadamente no se agravó demasiado. Su empresa apenas va a flote, tuvo que despedir a la mitad del personal y actualmente no tiene mucho trabajo, pero eso le ha permitido estar más presente en la empresa de su pareja. También tenemos una amiga en común cuyo futuro nos preocupa.

Tras haberme despedido de ella y haber pasado controles de seguridad me dirigí a tomar mi vuelo. Como la vez anterior hice videos en cada escala para poder compartir mi experiencia y resolver dudas de futuros viajeros. Para volver a Francia no me pidieron tanta documentación como para la partida, simplemente mi titre de séjour vigente y mi test PCR negativo.

En Madrid tuve que recuperar mis maletas en el aeropuerto y presentar un código QR generado por un cuestionario en línea. Una vez con mis maletas tuve que salir de zona internacional para volver a registrarlas y tomar mi segundo vuelo. Llegué a Francia sin contratiempos y mi novia fue por mí al aeropuerto.

En el momento en que escribo estas líneas me encuentro aislado en casa, en el trabajo me dispensaron esta semana porque por haber estado en México prefieren que me quede aislado una semana antes de presentarme nuevamente al trabajo.

Estoy de regreso en Francia retomando mi Máster, mi tesis y mis proyectos nuevamente en las manos. Veremos cómo es que continúa esta aventura.

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